Ve la luz una monumental obra que seguramente resultará de enorme interés para los amantes de la vegetación ibérica. En su redacción hemos participado un nutrido grupo de paleobotánicos coordinados desde la Univesidad de Murcia por el profesor Pepe Carrión. El resultado es una obra donde podréis encontrar de forma totalmente gratuita la mayor parte de la información disponible sobre la flora y la vegetación de la península Ibérica y las islas Baleares durante los últimos millones de años. Para su consulta podéis entrar en el siguiente enlace y navegar en la página de contenidos por las diferentes regiones españolas y portuguesas. Allí una serie de fichas de sencilla estructura os permitirán bucear en el pasado de los paisajes ibéricos y entender por qué en la actualidad muestran el aspecto que podemos contemplar. Porque, como se suele decir, "el pasado es la clave para entender el presente (y a menudo también el futuro)".
De este modo, podréis maravillaros ante la presencia de coníferas como secuoyas (Sequoia, Sequioadendron) en Cantabria hace no demasiado tiempo (en términos geológicos, claro ;-)), ver cómo y dónde sobrevivieron los árboles durante la Edad del Hielo (las glaciaciones cuaternarias), cómo fueron los paisajes que contemplaron los quehaceres cotidianos de nuestros ancentros durante el Paleolítico, cómo respondieron las plantas ante la mejoría climática que siguió al último máximo glaciar (hace unos 21000 años) o cuáles han sido las alteraciones producidas por el paso de las diferentes culturas sobre nuestra cubierta vegetal.
¡Seguro que disfrutáis un montón con esta obra! Aunque desde luego que no es una novela... :-)
Paleobotánica/paleoecología, botánica, evolución, geomorfología, montañismo y todo lo que tenga que ver con el medio natural que me resulte interesante. :-)
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sábado, 2 de junio de 2012
martes, 8 de mayo de 2012
Los pinos y sus ancestrales adaptaciones al fuego (nada menos que desde la época de los dinosaurios)
En la actualidad, un buen número de especies de pinos a lo largo y ancho de la Tierra presentan una serie de características morfológicas y fisiológicas que se interpretan como adaptaciones a los incendios. En realidad, muchas formaciones dominadas por pinos se considera que mantienen su dominancia en el paisaje gracias a los incendios, que los liberarían de la competencia de las frondosas y les harían más sencilla su regeneración.
En la península Ibérica contamos con diversos ejemplos de adaptaciones al incendio en nuestras especies de pino. A continuación vamos a poner varios ejemplos que la mayor parte de los lectores podréis comprobar en vuestras próximas visitas al campo, e incluso en parques y jardines de vuestros pueblos y ciudades. Así, las gruesas cortezas que presentan en la parte baja del tronco el pino negral (Pinus nigra), el pino albar (P. sylvestris) o el pino resinero (P. pinaster) por ejemplo, ofrece una importante barrera protectora para el árbol frente a incendios de superficie al igual que la autopoda que muestran el pino albar o el negral. Otras especies como el pino carrasco (P. halepensis) o algunas poblaciones de pino resinero cuentan en sus copas con un banco de semillas aéreo que les permite sobrevivir a los virulentos incendios de copas que afectan de forma más o menos frecuente a sus bosques. Ese banco de semillas aéreo se encuentra alojado en un tipo de piñas que se denominan conos serótinos. Estas piñas cuentan con la particularidad de que se mantienen cerradas en la copa del árbol durante muchos años, hasta que las altas temperaturas que se alcanzan durante el incendio liberan los piñones (que mantienen su capacidad de germinación durante décadas) en un medio libre de vegetación competidora y abonado con las cenizas del reciente incendio, favoreciendo el establecimiento de una regeneración abundante y vigorosa.
Pero, ¿cuándo surgieron estas adaptaciones al fuego? Ésta es la principal cuestión que se plantean Tianhua He y sus colaboradores en un trabajo recientemente publicado en New Phytologist. Aunque existe evidencia sobre la incidencia del fuego sobre los ecosistemas terrestres desde hace más de 400 millones de años, el desarrollo de adaptaciones al fuego en plantas no alcanzaba más allá de 60 millones de años (Paleoceno) en Australia y 20 millones de años (Oligoceno) en Sudáfrica. A pesar de que durante el Cretácico (65-145 Ma), cuando las coníferas dominaban de forma clara la vegetación, se ha encontrado abundante carbón vegetal fósil y la concentración de oxígeno fue bastante más alta que ahora, no se había registrado aún la evolución de adaptaciones al incendio durante este periodo.
Los autores reconstruyen con los datos disponibles la filogenia de la familia Pinaceae, mostrando una historia evolutiva que se remonta al menos a 237 Ma. El clado de Pinus se originó en torno a 126 Ma. Del análisis de la filogenia de las Pinaceae se desprende que la presencia de cortezas delgadas, la dispersión inmediata de semillas tras su madurez y la ausencia de autopoda son los caracteres ancestrales de los árboles de esta familia. De las adaptaciones al fuego que muestran los pinos, el desarrollo de cortezas gruesas se correlaciona muy bien con incendios de superficie, mientras que la serotinidad va ligada de forma evolutiva a regímenes de incendios de superficie. También se infiere que la evolución de esas cortezas gruesas data al menos de hace unos 126 Ma nada menos, mientras que la serotinidad se ha registrado desde al menos 89 Ma y va muy ligada a la ausencia de autopoda.
El hecho de que las Pinaceae lleven habitando la Tierra desde hace al menos 237 Ma y no desarrollasen adaptaciones al fuego hasta hace unos 126 Ma (corteza gruesa), coincidiendo con un aumento en la concentración de oxígeno en la atmósfera y, por tanto, de la probabilidad de ignición. Hace unos 89 Ma cambia el régimen de incendios hacia una prevalencia de incendios de copas y una evolución más rápida de las adaptaciones al fuego, que además se diversifican. Es sugerente la relación que existe entre el aumento en la incidencia del fuego y la aparición de adaptaciones al mismo desde el inicio del Cretácico y las altas concentraciones de oxígeno (que aumenta la inflamabilidad de la vegetación) y dióxido de carbono (que potencia la productividad de la vegetación y la acumulación de combustible vegetal). La conclusión es que el Cretácico fue uno de los periodos más propicios para los fuegos y que esta circunstancia pudo promover la apertura de claros en los bosques de coníferas y que esto pudo favorecer la explosión de las Angiospermas. Algunos grupos de Angiospermas pudieron incluso contribuir al desarrollo de ese régimen de incendios, llevando a un incremento en la acumulación de combustible vegetal.
En la península Ibérica contamos con diversos ejemplos de adaptaciones al incendio en nuestras especies de pino. A continuación vamos a poner varios ejemplos que la mayor parte de los lectores podréis comprobar en vuestras próximas visitas al campo, e incluso en parques y jardines de vuestros pueblos y ciudades. Así, las gruesas cortezas que presentan en la parte baja del tronco el pino negral (Pinus nigra), el pino albar (P. sylvestris) o el pino resinero (P. pinaster) por ejemplo, ofrece una importante barrera protectora para el árbol frente a incendios de superficie al igual que la autopoda que muestran el pino albar o el negral. Otras especies como el pino carrasco (P. halepensis) o algunas poblaciones de pino resinero cuentan en sus copas con un banco de semillas aéreo que les permite sobrevivir a los virulentos incendios de copas que afectan de forma más o menos frecuente a sus bosques. Ese banco de semillas aéreo se encuentra alojado en un tipo de piñas que se denominan conos serótinos. Estas piñas cuentan con la particularidad de que se mantienen cerradas en la copa del árbol durante muchos años, hasta que las altas temperaturas que se alcanzan durante el incendio liberan los piñones (que mantienen su capacidad de germinación durante décadas) en un medio libre de vegetación competidora y abonado con las cenizas del reciente incendio, favoreciendo el establecimiento de una regeneración abundante y vigorosa.
| Pino negral aislado en la parte alta de la sierra de La Sagra, mostrando la característica gruesa corteza de la parte basal del tronco. |
| Rama de pino resinero con abundantes conos serotinos en los pinares de la sierra del Teleno, Tabuyo del Monte (León). |
Pero, ¿cuándo surgieron estas adaptaciones al fuego? Ésta es la principal cuestión que se plantean Tianhua He y sus colaboradores en un trabajo recientemente publicado en New Phytologist. Aunque existe evidencia sobre la incidencia del fuego sobre los ecosistemas terrestres desde hace más de 400 millones de años, el desarrollo de adaptaciones al fuego en plantas no alcanzaba más allá de 60 millones de años (Paleoceno) en Australia y 20 millones de años (Oligoceno) en Sudáfrica. A pesar de que durante el Cretácico (65-145 Ma), cuando las coníferas dominaban de forma clara la vegetación, se ha encontrado abundante carbón vegetal fósil y la concentración de oxígeno fue bastante más alta que ahora, no se había registrado aún la evolución de adaptaciones al incendio durante este periodo.
Los autores reconstruyen con los datos disponibles la filogenia de la familia Pinaceae, mostrando una historia evolutiva que se remonta al menos a 237 Ma. El clado de Pinus se originó en torno a 126 Ma. Del análisis de la filogenia de las Pinaceae se desprende que la presencia de cortezas delgadas, la dispersión inmediata de semillas tras su madurez y la ausencia de autopoda son los caracteres ancestrales de los árboles de esta familia. De las adaptaciones al fuego que muestran los pinos, el desarrollo de cortezas gruesas se correlaciona muy bien con incendios de superficie, mientras que la serotinidad va ligada de forma evolutiva a regímenes de incendios de superficie. También se infiere que la evolución de esas cortezas gruesas data al menos de hace unos 126 Ma nada menos, mientras que la serotinidad se ha registrado desde al menos 89 Ma y va muy ligada a la ausencia de autopoda.
El hecho de que las Pinaceae lleven habitando la Tierra desde hace al menos 237 Ma y no desarrollasen adaptaciones al fuego hasta hace unos 126 Ma (corteza gruesa), coincidiendo con un aumento en la concentración de oxígeno en la atmósfera y, por tanto, de la probabilidad de ignición. Hace unos 89 Ma cambia el régimen de incendios hacia una prevalencia de incendios de copas y una evolución más rápida de las adaptaciones al fuego, que además se diversifican. Es sugerente la relación que existe entre el aumento en la incidencia del fuego y la aparición de adaptaciones al mismo desde el inicio del Cretácico y las altas concentraciones de oxígeno (que aumenta la inflamabilidad de la vegetación) y dióxido de carbono (que potencia la productividad de la vegetación y la acumulación de combustible vegetal). La conclusión es que el Cretácico fue uno de los periodos más propicios para los fuegos y que esta circunstancia pudo promover la apertura de claros en los bosques de coníferas y que esto pudo favorecer la explosión de las Angiospermas. Algunos grupos de Angiospermas pudieron incluso contribuir al desarrollo de ese régimen de incendios, llevando a un incremento en la acumulación de combustible vegetal.
martes, 3 de abril de 2012
Pinares de montaña en la sierra de Gredos: no sólo naturales, sino una joya botánica
La sierra de Gredos constituye el macizo montañoso más elevado (Almanzor, 2592 m; La Galana, 2571 m) y de mayor complejidad dentro de la Cordillera Central ibérica, con una anchura máxima de unos 50 km. Cuenta con muy buenos ejemplos de geomorfología glaciar, los mejores de la Cordillera Central: circos (p. ej., Circo de Gredos, Circo de Cinco Lagunas), lagunas (p.ej., Laguna Grande de Gredos, Laguna de la Nava, Laguna de los Caballeros), bloques erráticos, morrenas, valles en artesa... (se puede ampliar algo esta información en esta entrada). Además, la riqueza natural es importante, tanto desde desde el punto de vista faunístico y florístico. En cuanto a la fauna, existen múltiples especies de vertebrados, pero seguramente coincidamos en destacar por encima de todas ellas la reina de estas cumbres, la cabra montés (Capra pyrenaica victoriae), con la cual es fácil cruzarse casi en cualquier excursión que se haga por el macizo central de Gredos. La flora es muy rica en especies, destacando algunas de las poblaciones más meridionales de bastantes plantas con distribución predominantemente eurosiberiana -norteña- como Pulmonaria longifolia, Ulmus glabra, Lilium martagon o Paris quadrifolia. Existen en total 15 taxones vegetales que son exclusivas de este territorio como Pseudomisopates rivas-martinezii, Antirrhinum grosii, Centaurea avilae, Dianthus gredensis, Saxifraga pentadactylis subsp. almanzorii o Senecio coincyi.
En cuanto a la vegetación, quizá una de las características más notables de estas sierras son las extensas superficies cubiertas por matorrales (enebros, piornos) por encima de unos 1400 m de altitud, especialmente en la vertiente norte de esta cadena montañosa donde existen amplias superficies por encima de esa cota. En las zonas altas de estas montañas, entre unos 1400 y 1800 m, las únicas manifestaciones significativas de vegetación arbórea son bosquetes, ejemplares aislados o bosques no muy extensos de Pinus sylvestris (pino albar, pino silvestre) y P. nigra (conocido en este territorio como pino cascalbo). También existen amplias extensiones cubiertas por repoblaciones forestales dominadas fundamentalmente por el pino silvestre. El debate sobre el carácter natural o no de estos pinares ha sido muy intenso, pero ha carecido de bases científicas sólidas hasta fechas relativamente recientes.
En primer lugar, diversas secuencias polínicas de turberas próximas a los actuales pinares de Hoyos del Espino y Navarredonda (Franco Múgica, 2009) muestran la persistencia de pinares como vegetación dominante en el ámbito regional desde hace varios milenios, y una retracción en el área ocupada por estos bosques desde hace unos 1000 años. La secuencia del Puerto de Serranillos (López-Merino et al., 2009; Review of Palaeobotany and Palynology) muestra un patrón similar, con periodos de deforestación asociados a momentos de mayor presión humana sobre el medio. Pero los estudios polínicos no permiten precisar con detalle las especies de pino involucradas en esos bosques ni la ubicación exacta de esas formaciones. En este contexto es donde se puede enmarcar el hallazgo de una fuente de información valiosa, novedosa y en cierto modo inesperada: las conocidas localmente como "troncas". Muchas veces estos restos quedan a la vista de forma accidental, por la incisión de cauces en turberas, deslizamientos de tierras..., de ahí lo imprevisible de estos hallazgos. La localización, identificación y datación de un buen número de troncos, ramas, piñas y carbones procedentes de numerosos enclaves de la vertiente norte de la sierra de Gredos ha supuesto grandes avances en el conocimiento de la vegetación que cubrió este territorio en los últimos milenios. Los resultados de este trabajo han sido publicados por Juanma Rubiales et al. (2007; Quaternary Science Reviews)*. De este modo, el análisis de los macrofósiles encontrados en diversas turberas no sólo ha permitido precisar que el pino albar es autóctono en estos territorios, sino que debió de dominar un piso de vegetación de coníferas situado entre unos 1300 y 1850 m. Aquí los pinares habrían contado con ventaja sobre las frondosas, principalmente el roble melojo (Quercus pyrenaica), apoyándose en unas condiciones climáticas más bien secas, frescas y continentales que favorecen a estas coníferas propias de climas fríos. Además las dataciones radiocarbónicas obtenidas muestran que los pinos han estado presentes sobre amplias superficies de la sierra de Gredos desde hace al menos 6500 años, de donde han desaparecido en amplias superficies muy probablemente por una intensificación de las actividades humanas durante los dos últimos milenios: pastoreo, incendios, talas... En definitiva, que las escasas masas y rodales naturales que han llegado hasta nuestros días (Hoyos del Espino, Navarredonda, Hoyocasero y bosquetes en la vertiente sur en cotas altas) no sólo son naturales, sino que constituyen poblaciones relictas y con un valor geobotánico incalculable, testigos mudos de la degradación y la pérdida de importancia en el paisaje que han experimentado los pinares de montaña en Gredos durante los últimos milenios asociadas a las diferentes culturas que han explotado (o sobreexplotado) este territorio.
| Circo de Gredos con la Laguna Grande en primer término y el pico Almanzor al fondo, vistos desde el Morezón (2.381 m) |
| Macho de cabra montés (Capra pyrenaica victoriae) en las inmediaciones de La Mira (2343 m) |
| Pinos albares en las proximidades del Puerto del Pico. Esta zona fue devastada por un incendio en los últimos años. |
| Pinar de Hoyos del Espino |
| Enclaves de la sierra de Gredos donde se han encontrado macrofósiles de pino albar, con indicación de las edades radiocarbónicas obtenidas (Rubiales et al., 2007_QSR). |
| Principales resultados del trabajo de Rubiales et al. (2007). En a) se puede ver la distribución relicta actual de los pinares montanos de Gredos (Pinus sylvestris, P. nigra) en las partes altas de la vertiente sur y en pequeños bosques en las cuencas del Tormes y el Alberche. En b) se puede apreciar que hay importantes extensiones de donde ha desaparecido en los últimos milenios (siluetas de color gris). |
Espero que paséis unos felices días de vacaciones, descansando o haciendo actividades que os resulten gratificantes, ¡nos leemos a la vuelta!
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